
SABER COTIDIANO Y SABER CIENTÍFICO
Cuando la especie humana comenzó a crear cultura; es decir, a modificar el ambiente que lo rodea para sobrevivir y desarrollarse fue necesario que el hombre comprendiera la naturaleza, mutaciones de los objetos que lo rodeaban, la reproducción de los vegetales y animales, la investigación del clima y de la tierra fueron indudablemente preocupaciones vitales para remotos antecedentes, por cuanto de esta sabiduría dependía el sobrevivir de la especie.
El conocer nace de la práctica vigorosa y del trabajo de los hombres, como una herramienta indispensable, en este mismo proceso de trabajo; pero según las más antiguas narraciones cuentan que el pensamiento de esas lejanas épocas no se circunscribió exclusivamente al conocimientos, aplicable directamente al mejoramiento de las condiciones materiales.
Junto a éste surgieron simultáneamente las preocupaciones por comprender el sentido general del cosmos y de la vida, la adquisición de conciencia del hombre en la vista de tener a su propia muerte de frente supone el sello de la pena frente al propio destino.
Se puede diferenciar el saber que se produce y transmite a través de las costumbres de una cultura ( saber cotidiano o consuetudinario ) del saber llamado científico.
El saber, en su estado consuetudinario, se presenta en forma de relatos, tales como cuentos, mitos o fabulas. Estas formas narrativas admiten los diferentes tipos de enunciados antes mencionados, y a través de su transmisión oral enseñan al oyente las competencias propias de la cultura de pertenencia. Los avatares de los personajes de estos relatos ofrecen modelos positivos y negativos de identificación a los sujetos que los escuchan, y otorgan legitimidad a las instituciones en las que se producen, definiendo así los criterios de competencia de la sociedad donde se narran.
Estos criterios permiten a su vez valorar las actuaciones que los individuos realizan en esa sociedad.
En este modo de transmitir el saber no hay necesidad de procedimientos especiales para dar legitimidad a esos relatos, pues al ser ellos parte de la cultura misma y sus tradiciones se encuentran por eso mismo ya legitimados, y no tienen entonces necesidad de recurrir a argumentos o pruebas acerca de lo que dicen. Son los relatos mismos los que determinan los criterios de competencia, ilustran la aplicación y definen lo que se tiene derecho a decir y a hacer en la cultura de la que forman parte.
El saber científico, a diferencia del narrativo, se compone de enunciados denotativos, excluyendo los otros tipos de enunciados, y el criterio de aceptabilidad de sus proposiciones se basa en su valor de verdad. La ciencia busca confirmaciones de su saber, es decir, busca procedimientos argumentativos con los que demuestra sus enunciados, para lo cual establece corroboraciones que prueben sus proposiciones como verdaderas.
Desde la perspectiva del saber científico, el saber cotidiano basado en relatos conforma un tipo de discurso propio de una mentalidad más primitiva, mezcla de principio y autoridad, prejuicios de ideologías, que no está sometido a argumentaciones y pruebas.
En la ciencia se supone que el referente de la proposición científica es expresado en ella de manera conforme a lo que el referente mismo es. Esto lleva al problema de probar la verdad de lo que afirman dichas proposiciones.
La solución científica a ésta cuestión puede tomar la vía de la verificación ( está permitido pensar que la realidad es como dicen las proposiciones científicas, en la medida en que dichas proposiciones pueden demostrarse a través de hechos de la experiencia que la confirman ) o de la falsación ( se puede descartar las proposiciones si son contradictorias con el referente ).
La práctica científica requiere comunicación entre los investigadores para poder desplegar un espacio de debate que aumente las posibilidades de contrastación y permita establecer acuerdos en cuanto a teorías, métodos, técnicas y hechos establecidos. Por eso el científico tiene que pronunciar enunciados verificables; respecto de referentes que sean accesibles a otros científicos. Para que estos a su vez puedan verificarlos. Así, quien enuncia una proposición científica debe ser capaz de proporcionar pruebas de lo que dice, y de refutar todo enunciado contrario respecto del mismo referente. De la misma manera, el sujeto a quien se dirige esa proposición tiene que poder dar validamente su acuerdo o rechazo al enunciado del que se ocupa, para que posibiliten entrar en el debate. Esto implica que tiene que ser otro científico.
Tanto la verdad del enunciado científico como la competencia del que lo enuncia están sometidas al asentimiento de una colectividad de iguales: las deben poseer conocimientos y capacidades comunes que les posibiliten debatir y fijar, consensos acerca de lo que se acepta o no como válido en el dominio del saber científico. La consecuencia de esto es que el saber científico no puede ser un componente inmediato y compartido por la sociedad ( como el caso del “ saber basado en relatos” ) sino que exige una enseñanza especializada que garantice la formación de nuevos científicos. De esta manera, la investigación científica se convierte en profesión y da lugar a instituciones formadas por grupos de pares: los “ expertos”.
La base del planteo de la comunidad científica es el supuesto de que si bien el consenso entre científicos no garantiza la verdad de las proposiciones, sin embargo la verdad de una proposición no podría dejar de suscitar consenso. Los acuerdos entre los científicos definen entonces las teorías y métodos considerados aceptables en determinado momento para la práctica de la ciencia. Estos, acuerdos no son rígidos y puestos en cuestión a medida que la investigación científica encuentra nuevos problemas.
El saber científico posee la característica de presentarse como una combinación de memoria y proyecto: cada científico tiene conocimiento de las proposiciones científicas precedentes, y solo ofrece una proposición nueva si difiere de las anteriores y representa un progreso posible para el conocimiento.
Otra de sus características fundamentales es que sus enunciados nunca están a salvo de refutaciones. El saber acumulado puede eventualmente ser desechado al confrontarse con nuevos hechos o pruebas que demuestran su falsedad. De ahí que la ciencia revise constantemente sus supuestos, y los cambie. Es, en ese sentido, un saber crítico.
Cuando la especie humana comenzó a crear cultura; es decir, a modificar el ambiente que lo rodea para sobrevivir y desarrollarse fue necesario que el hombre comprendiera la naturaleza, mutaciones de los objetos que lo rodeaban, la reproducción de los vegetales y animales, la investigación del clima y de la tierra fueron indudablemente preocupaciones vitales para remotos antecedentes, por cuanto de esta sabiduría dependía el sobrevivir de la especie.
El conocer nace de la práctica vigorosa y del trabajo de los hombres, como una herramienta indispensable, en este mismo proceso de trabajo; pero según las más antiguas narraciones cuentan que el pensamiento de esas lejanas épocas no se circunscribió exclusivamente al conocimientos, aplicable directamente al mejoramiento de las condiciones materiales.
Junto a éste surgieron simultáneamente las preocupaciones por comprender el sentido general del cosmos y de la vida, la adquisición de conciencia del hombre en la vista de tener a su propia muerte de frente supone el sello de la pena frente al propio destino.
Se puede diferenciar el saber que se produce y transmite a través de las costumbres de una cultura ( saber cotidiano o consuetudinario ) del saber llamado científico.
El saber, en su estado consuetudinario, se presenta en forma de relatos, tales como cuentos, mitos o fabulas. Estas formas narrativas admiten los diferentes tipos de enunciados antes mencionados, y a través de su transmisión oral enseñan al oyente las competencias propias de la cultura de pertenencia. Los avatares de los personajes de estos relatos ofrecen modelos positivos y negativos de identificación a los sujetos que los escuchan, y otorgan legitimidad a las instituciones en las que se producen, definiendo así los criterios de competencia de la sociedad donde se narran.
Estos criterios permiten a su vez valorar las actuaciones que los individuos realizan en esa sociedad.
En este modo de transmitir el saber no hay necesidad de procedimientos especiales para dar legitimidad a esos relatos, pues al ser ellos parte de la cultura misma y sus tradiciones se encuentran por eso mismo ya legitimados, y no tienen entonces necesidad de recurrir a argumentos o pruebas acerca de lo que dicen. Son los relatos mismos los que determinan los criterios de competencia, ilustran la aplicación y definen lo que se tiene derecho a decir y a hacer en la cultura de la que forman parte.
El saber científico, a diferencia del narrativo, se compone de enunciados denotativos, excluyendo los otros tipos de enunciados, y el criterio de aceptabilidad de sus proposiciones se basa en su valor de verdad. La ciencia busca confirmaciones de su saber, es decir, busca procedimientos argumentativos con los que demuestra sus enunciados, para lo cual establece corroboraciones que prueben sus proposiciones como verdaderas.
Desde la perspectiva del saber científico, el saber cotidiano basado en relatos conforma un tipo de discurso propio de una mentalidad más primitiva, mezcla de principio y autoridad, prejuicios de ideologías, que no está sometido a argumentaciones y pruebas.
En la ciencia se supone que el referente de la proposición científica es expresado en ella de manera conforme a lo que el referente mismo es. Esto lleva al problema de probar la verdad de lo que afirman dichas proposiciones.
La solución científica a ésta cuestión puede tomar la vía de la verificación ( está permitido pensar que la realidad es como dicen las proposiciones científicas, en la medida en que dichas proposiciones pueden demostrarse a través de hechos de la experiencia que la confirman ) o de la falsación ( se puede descartar las proposiciones si son contradictorias con el referente ).
La práctica científica requiere comunicación entre los investigadores para poder desplegar un espacio de debate que aumente las posibilidades de contrastación y permita establecer acuerdos en cuanto a teorías, métodos, técnicas y hechos establecidos. Por eso el científico tiene que pronunciar enunciados verificables; respecto de referentes que sean accesibles a otros científicos. Para que estos a su vez puedan verificarlos. Así, quien enuncia una proposición científica debe ser capaz de proporcionar pruebas de lo que dice, y de refutar todo enunciado contrario respecto del mismo referente. De la misma manera, el sujeto a quien se dirige esa proposición tiene que poder dar validamente su acuerdo o rechazo al enunciado del que se ocupa, para que posibiliten entrar en el debate. Esto implica que tiene que ser otro científico.
Tanto la verdad del enunciado científico como la competencia del que lo enuncia están sometidas al asentimiento de una colectividad de iguales: las deben poseer conocimientos y capacidades comunes que les posibiliten debatir y fijar, consensos acerca de lo que se acepta o no como válido en el dominio del saber científico. La consecuencia de esto es que el saber científico no puede ser un componente inmediato y compartido por la sociedad ( como el caso del “ saber basado en relatos” ) sino que exige una enseñanza especializada que garantice la formación de nuevos científicos. De esta manera, la investigación científica se convierte en profesión y da lugar a instituciones formadas por grupos de pares: los “ expertos”.
La base del planteo de la comunidad científica es el supuesto de que si bien el consenso entre científicos no garantiza la verdad de las proposiciones, sin embargo la verdad de una proposición no podría dejar de suscitar consenso. Los acuerdos entre los científicos definen entonces las teorías y métodos considerados aceptables en determinado momento para la práctica de la ciencia. Estos, acuerdos no son rígidos y puestos en cuestión a medida que la investigación científica encuentra nuevos problemas.
El saber científico posee la característica de presentarse como una combinación de memoria y proyecto: cada científico tiene conocimiento de las proposiciones científicas precedentes, y solo ofrece una proposición nueva si difiere de las anteriores y representa un progreso posible para el conocimiento.
Otra de sus características fundamentales es que sus enunciados nunca están a salvo de refutaciones. El saber acumulado puede eventualmente ser desechado al confrontarse con nuevos hechos o pruebas que demuestran su falsedad. De ahí que la ciencia revise constantemente sus supuestos, y los cambie. Es, en ese sentido, un saber crítico.
Elaborado por el Lic. Walter Haro
BIBLIOGRAFIAFuentes: Diversos Autores
Artículos elaborados por el Lic. Walter Haro
BIBLIOGRAFIAFuentes: Diversos Autores

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